Te quiero para mí, por Virginie Despentes

Virginie Despentes es la autora del celebrado ensayo Teoría King Kong, donde se postula como una de las defensoras del posfeminismo. Su última obra publicada hasta la fecha es la trilogía Vernon Subutex. Este relato pertenece al libro Mordre au travers, inédito hasta ahora en español. La traducción corre por cuenta de Fe Orellana.

Ese tipo era bastante simpático, pero su polola estaba demasiado rica para que fuéramos amigos. Yo le repartía su mierda a domicilio, en pequeñas cantidades, lo que me permitía visitarlos regularmente.

Tocaba y era siempre ella la que venía a abrir. Esta mina nunca estaba vestida por completo, era una mina de interior. Salía poco y solo hasta el almacén de abajo para comprar de comer. Una mina sin rollos a la que el mundo exterior no le interesaba.

Llevaba unas batas importadas hechas con encaje y seda, rosas o negras, de esas que te ponen loco. Uno se imaginaba lo buena que estaba debajo, su culo era admirable: esponjoso y acogedor. Alzaba la cabeza lentamente. Daba siempre la impresión de que la sorprendía recién levantándose. Me empezaba a gustar que fuera rubia. Me cargan las rubias, pero ella de verdad me calentaba, me la grababa en la cabeza y, al salir de su casa, la daba vuelta en un loop, en todos los sentidos posibles.

Me abría ella, sonreía y se hacía a un lado para dejarme entrar. El pasillo era angosto, lo justo para que no nos tocáramos, pero sentía cómo respiraba. Me preguntaba si quería tomar una cosita, si había comido. Yo siempre le aceptaba algo para prolongar mi visita. Cuando me servía el café, podía sentirla cerca y, sin falta, se me paraba. Olía bien, perfume de mujer mezclado con su propio olor, un olor animal, excitante. Todos sus gestos eran suaves, esa era la forma en que vivía su cuerpo. Intensa.

Después, volvía a su rincón. La mayor parte del tiempo hacía crucigramas o se limaba las uñas sin decir nada. Yo miraba su boca y me la quería tirar. La idea de que se callara y se quedara en casa solo porque fuera tonta o retrasada jamás se me pasó por la cabeza, y no solo porque era más de la onda de culear que de pensar. Tenía ese no sé qué tranqui en la sonrisa y en la mirada, ese no sé qué vivo y terriblemente cálido.

Cuando su pololo terminaba de rolar uno, se lo pasaba a ella para que lo prendiera. Casi siempre llevaba rojo en los labios (me parecía chiflado pensar que eso era exclusivamente para él, que nadie más que él disfrutaba de esta mina, ni siquiera con los ojos) y el filtro quedaba grabado con la marca de su boca cuando nos pasaba el pito. Su living me parecía estrecho y lo que ella provocaba en mí era tan explosivo que llegué a temer que iba a atravesar las paredes.

Me preguntaba qué estaba haciendo con ese tipo: ¿acaso se la culeaba como nadie? Él no tenía nada del otro mundo, ni una gracia, tampoco plata. Y tenía un humor de perros. Era un tipo normal, lo de siempre. Había cientos así. La trataba bien, pero yo estaba convencido de que no sabía de la suerte que tenía.

A menudo pensaba cómo habría cambiado mi vida si ella fuera mi mujer: sería lo mejor tener a alguien con quien descansar de vez en cuando. Las cosas cambiarían un montón de tener una polola parecida. Sería alguien diferente: más estable, más decidido, más generoso. Y terminaría con todas mis transas turbias. Ya no estaría más volado como pico, no desperdiciaría mi plata, dejaría de perder el tiempo, ya no sería malo con los demás porque no tendría rencor. Y a ella también le trataría como reina. La tendría llena de cosas, la cuidaría como nadie. El uno para el otro, estaríamos juntos en la cima.

La verdad es que no podía creer que él se la culeara tan rico. Entre más lo miraba, menos lo podía creer. Se nota a los tipos que hacen gozar a las minas. Y este no era el caso. Muy soso, intrascendente. Mucha carne para tan poco gato. Esta mina era espectacular y estaba tan buena, con sus tetas maravillosas y su vientre plano, sus uñas siempre rojas y su pelo delicado. No podía creer que él tuviera idea de qué hacerle, al menos no como yo lo sabría.

Poco a poco me empezó a dar rabia este tipo. Me molestaba que estuviera ahí cada vez que iba, que nos impidiera estar juntos.

Entonces me fijé en cuándo trabajaba. Era cosa de pasar de casualidad cuando ella estuviera sola. Un jueves a la tarde, en que él estaba de turno, revolví la ciudad entera para encontrar skunk. Ese sería mi pretexto. Estaba entusiasmado delante de la puerta, como un cabro chico a punto de hacer una maldad. Toqué y me hice el inocente:

–Buena, ¿cómo vas? Pasé de improviso porque tengo una hierba de lujo, pero no es mucha. Si te tinca la podemos probar.

Me encantó la sonrisa que tenía mientras me miraba, su sonrisa de bienvenida. Me pregunté si ella se la hacía a todos los visitantes, cara iluminada y ojos brillantes. Pensé en su lengua.

Esa tarde llevaba un vestido de verano con flores al que le faltaban varios botones. Esos que él debió… En la parte de arriba se vislumbraban los pechos que tenía bastante generosos y abajo se veían sus piernas hasta los muslos, las piernas que tenía largas y depiladas como una muñeca (de puro ver tus piernas tengo ganas de comerte la concha, agarrarte el culo con las dos manos y hacerte ronronear por horas, hundiría la cabeza en el calor de tus muslos, te lo haría tan rico que no lo creerías).

Aunque las minas no me faltaban y, hasta ese momento, no me interesaba meterme con las de otros, esta tenía algo paradójico, ese don terrible de ser perra a la vez que dulce y tierna. Ella sabía lo que hacía y no le importaba, no sacó ventaja.

Me explicó:

–Mi pololo está trabajando, pero entra si quieres, hay un rosé en el refri, digo ¡para que no hayas venido por las puras!

Yo no había ido por las puras, yo le iba a eyacular encima, pero también dormiría junto a ella el sueño de un ángel. Un día, en el futuro, bajaría a comprarle croissants, le mostraría todas mis películas favoritas, ella me contaría todo sobre sí misma, no habría más que cosas hermosas y le daría hijos.

Acepté tomar una copa de rosé porque había que empezar por algo.

En el living saqué la skunk. Ella se quedó sentada en el piso, al pie del sillón donde yo estaba. Me puse a hablar tonteras, ella me escuchaba atentamente, a veces estallaba en risas y en esos momentos en que sus ojos se encontraban con los míos, se hundía en mí sin dudar, se abría paso completamente y tomaba todo de mí.

Ese primer encuentro duró solo un par de horas y de pura felicidad se sintió como si no hubieran sido nada. Su voz estaba hecha para hablar sucio, para murmurar cosas que te remueven. No tenía ningún gesto improvisado, ni un solo movimiento que no incitara a la lascivia. Pero me gustaba demasiado como para tocarla tan pronto.

Desde ese momento volví tan seguido como era posible. Apenas él se iba, yo pasaba de casualidad. Y ella no decía nada, actuaba naturalmente. Dentro de la conversación, encontraba el momento para decirme cuando se pololo se iría a trabajar y también a qué hora regresaría. Yo me preguntaba si le decía que nos veíamos seguido. Me gustaba creer que se lo escondía, porque eso era como serle infiel un poco. Además de sus horarios, no conversábamos nunca sobre él. Como ella evitaba hablarlo, yo no quería abordar el tema.

Eso duró varias semanas. Y no me sirvieron precisamente para acostumbrarme a ella y desatar esa bomba interior.

Una tarde, su mamá llamó, ella puso la mano sobre el auricular. Susurró:

–Es mi mamá, creo que tiene ganas de cahuinear. Sírvete algo para tomar mientras me esperas.

Y se encerró en la pieza con el teléfono. Yo esperaba. El control remoto del vhs estaba tirado sobre la mesa de centro y lo agarré para ver qué había dentro.

Y la vi a ella, grabada sobre el sillón donde yo estaba sentado. Estaba desnuda, jugaba con sus pechos sin quitar los ojos de la cámara y era como si ella me mirara solo a mí y se enojara de que yo no me decidiera. Después, suavemente separó sus piernas, sin bajar los ojos. Apreté stop.

Estaba furioso porque era su pololo el que había grabado eso. Ella salió de la pieza, toda dulce y sonriente. Se agachó sobre la mesa para levantarla, desde donde yo me encontraba vislumbraba sus pechos grandes y bamboleantes, tetas llenas de sorpresas, de promesas infernales… Cuando volvió, nos quedamos mirando. Ella me esperaba.

Puse mi mano sobre sus caderas. Sus ojos sobre mí, intensos, la misma mirada que tenía en la pantalla.

Y se vino contra mí. El recuerdo que tengo está ralentizado. Me permitió todo, sin negociaciones. La miraba chupármela entera, levantar sus ojos hacia los míos, tranquila y esmerada. Me vine en toda su cara sin pensármelo dos veces. Ella no tuvo tiempo ni de limpiarse cuando se me paró de nuevo y quise estar dentro de su concha, sabía que ahí estaba ardiente como el infierno y estaba tan caliente como me lo imaginaba.

Por un tiempo, la formula me convenía plenamente. Yo aparecía apenas su pololo pasaba la esquina. Ella no había tenido ni el tiempo de cerrar la puerta y yo ya estaba adentro. Conversábamos menos y era mucho mejor de lo había imaginado. Ella estaba hecha para esto, no había ningún lugar en ella donde posara la mano y no fuera excitante. Y no había nada que hiciéramos y no supiera cómo ponerse para hacerlo verdaderamente estimulante. A mi me gustaba, sobre todo, ponerla de espalda, agarrarle las caderas. Ella lanzaba su pelo hacia atrás, ondulaba, sus puntas rubias llegaban casi al lugar donde me la estaba clavando. Eso me volvía loco. Me parecía demasiado bueno.

Después, parecía ser una mujer satisfecha, eso me gustaba. Se acurrucaba junto a mí con sus ojos apaciguados y una sonrisa agradecida, serena y bien culeada.

Todo eso me gustaba tanto que, al comienzo, me iba a regañadientes justo antes que llegara el otro. Acostumbraba a atrasarme un poco, para que ella no tuviera tiempo de tomar una ducha, tenía ganas que él sintiera mi semen goteando a lo largo de sus piernas cuando regresara. Me gustaba imaginarlo intentando lamerla y que en vez de sentir el olor de ella, no sintiera más que el de mi verga. Hubiera querido mear por toda la habitación para que él entendiera bien que esa no era más su casa.

Sin embargo, ella me insistía con firmeza para que me fuera a la hora. Eso me empezaba a devastar, el saber que era él quien dormía en su cama.

En las mañanas, me despertaba enojado por que ella no estaba ahí.

Y empecé a hablarle de eso. Llegaba, tirábamos y en vez de volver a empezar, yo le reprochaba:

–¿Pero qué le encuentras? De verdad, ¿crees que estás bien con él? No creo, espera a ver cómo sería si estuviéramos juntos y ahí vas a saber lo que es estar bien con alguien, no tienes nada que hacer con ese tipo.

No me respondía nada.

Yo tenía otros trucos para convencerla. Y me puse a hablarle mientras estábamos pegados, entre dos polvos le deslicé al oído:

–¿Y con esto? ¿Está rico, no? ¿Él te deja así también, gemís como perra con él también?

Y volvía a clavármela. Apenas eyaculaba volvía con lo mismo:

–¿Por cuánto tiempo crees que esto va a durar? Me haces daño, sabís, un montón, me estoy volviendo loco. ¿Cuándo vas a elegir? ¿Ah? ¿Cuándo le vas a decir?

Sentía un placer oscuro al hostigarla así, un placer negro y destructivo.

–Fíjate, si estuviéramos juntos te cubriría de regalos, te llevaría a todas partes, yo sería otro hombre. Estoy chato de que te calles como una tonta cuando hablamos de esto, es fácil hacer lo que haces, te toca todo a ti… ¿Cuándo le vas a decir?

Ella terminó por justificarse:

–Lo hago feliz como nadie más, sabís, y yo no tengo ganas de irme, así que corta con eso.

Eso me llenó de una ira sombría. Grité:

–Ok. ¿Y qué hago yo? ¿Qué chucha hago yo en esta historia? ¿Y lo que a mí me pasa? ¿A quién le interesa lo que a mí me pasa? Te necesito, te necesito… Quisiera que me dieran mi oportunidad, una sola vez… Y eres tú esa oportunidad.

La agarré entre mis brazos como si estuviéramos en medio de un naufragio y rompí a llorar con la cabeza metida entre sus rodillas. Y poco a poco la empecé a meter en mi juego, ella se dejó convencer, le dio paso a la duda y a los remordimientos. Yo la quería, se había vuelto una obsesión. Ella dijo:

–Es un capricho tuyo, eso es todo. Si no me ves en un par de días se te pasa y sería todo para ti. No tendrías más ganas de pasarla mal. Soy tu nuevo capricho, pero cuando me tengas solo para ti ya no te divertiré, eres esa clase de tipo…

Estaba pasmado por su resistencia, pero qué sabía yo lo que ese tipo le había hecho…

A pura insistencia, de recordarle cuánto sufría, a fuerza de acusarla, terminó por prometer:

–Esta noche. Le diré lo que pasó y le contaré que me voy. Te lo prometo.

Era todo lo que me interesaba. Estaba destruida e de verdad triste. Yo me emocioné. Ella estaba determinada, iba a hacer lo que yo quería. Lo demás se vería después…

Volví a mi casa, la esperé toda la tarde.

Como no llegó nunca, me puse a llamarla. Pero no respondió.

Entendí que se habían reconciliado. Eso era insoportable, él me la había arrebatado demasiado pronto. Llegué a su casa a mitad de la noche.

Fue él quien me abrió, completamente despierto. Estaba listo para agarrarme a combos, a dejar la cagada, llevarme esa mina a mi casa, incluso contra su voluntad, por su bien, por el mío.

Pero la mirada que me lanzó me dejó de un metro. Él me estaba esperando, estaba demasiado tranquilo, arrogante. Lo seguí al living donde estaba sentado, estaba rígido, la mirada fija, la mandíbula tiesa. Tragó, voz grave y distante:

–Ella me contó esta noche lo que le pediste. Ya sabía que te la culeabas, pero nunca pensé que se iría. No pude aguantarlo.

Apuntó a la pieza con un movimiento de la cabeza

Yo seguía de pie, aún no entendía nada.

Abrí la puerta. Ella estaba sobre la cama. Él ni se movió, con una calma aterradora. Agregó:

–No tienes idea de cuánto la cuidaba.

La había estrangulado.

Me fui.

En la calle, pensé en esa escena de cuando era un pendejo y mi mamá rompió una metralleta que nos peleábamos mi hermano y yo. “Ya, listo, no va a ser de nadie. Y se me ponen en la buena “.

Marzo, 1994

Virginie Despentes (Nancy, Francia, 1969) es novelista y directora de cine. Transgresora y provocadora, su mirada punzante la sociedad francesa nunca ha estado exenta de un toque de ironía. La popularidad le llegó con su primera novela, Fóllame, que fue llevada al cine y censurada apenas estrenada. Desde entonces ha publicado Perras sabiasLo bueno de verdadTeen SpiritBye-Bye Blondie y Apocalypse baby. Despentes es la autora del celebrado ensayo Teoría King Kong, donde se postula como una de las defensoras del posfeminismo. Su última obra publicada hasta la fecha es la trilogía Vernon Subutex.

Fe Orellana (1991) es narrador y traductor. Ha publicado la novela Mujer colgando de una cuerda (Ediciones PorNos, 2017), traducida y publicada en Estados Unidos por Floricanto Press en 2019. Aparece en la antología de narradores chilenos Santiago (Dostoievsky Wannabe, Manchester 2019). Desde el 2012 es coordinador del LEA (Laboratorio de Escritura de las Américas). Actualmente estudia un MFA de Escritura Creativa en la San Diego State University, en California.


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