Lenguas perfectas, lenguas imperfectas por Maria Filomena Molder

A partir del empleo de materiales encontrados en textos de Alain y Wittgenstein, Molder desarrolla la idea de lenguas perfectas e imperfectas, toda vez que la realidad confronta ambos tipos de lenguas en la construcción de una lengua que se pueda habitar y seguir reintentando. La traducción es de Carolina San Martín. Y la fotografía de referencia es de Maria João Cantinho.

TÍTULO

Fue en un texto singular de Alain –capítulo I del libro tercero de los Élements de Philosophie – que encontré el título para estas dos páginas, pese a que apenas hable de lenguas perfectas, las técnicas o convenciones, absteniéndose de nombrar como imperfectas aquellas a las que llama populares, reales (las lenguas maternas). Las imperfectas vienen de otro texto, de Mallarmé, citado por Benjamin en “La tarea del traductor”: “Les langues imparfaites en cela que plusieurs, manque la suprême […]”. Si bien para Alain (y para mí también) a las lenguas imperfectas no les hace falta una suprema (para el entendimiento benjaminiano de traducción, sí, él le llamó lengua pura, no propiamente una lengua, pues no se puede aprender ni enseñar), es de admitir que aceptase la designación, feliz.

Para entender esto, es mejor ir a una lengua muerta: “La ventaja decisiva de las lenguas muertas es que nadie nos puede mostrar el objeto”, tendencia perniciosa de quien aprende las palabras a través de las cosas cuando viaja o por razones comerciales e industriales, lo que “parece tener como fin, y tuvo como efecto, poner entre paréntesis la cultura”. En una lengua “completamente convencional” se hace este tipo de aprendizaje, en una lengua donde no se sabe –porque no se trata justamente de eso– que “es a través de las palabras que es preciso comprender las palabras” y en ningún otro lugar se engendran, albergan, se alteran y se transmiten las ideas. A pesar de eso, es raro que las palabras de los lenguajes técnicos, los perfectos, “que se inventan según la naturaleza de los objetos, ¡no conozcan algún antepasado! Alain da ejemplos: ampère, volt, ohm. Y continúa: “Ecuación, integral, convergencia, límite son todavía palabras humanas, a pesar del esfuerzo del técnico, que querría aquí hacernos olvidar cualquier otro sentido más allá del que implica la definición”. Podríamos recordar, por ejemplo, la parafernalia de las ciencias neuronales.

Súmeles a las palabras de Alain, citadas a continuación, una consigna: alguien tendrá que pagar a alguien que se dedique a “adivinar el pensamiento de un autor de mil años de edad a partir de estas señales maravillosamente ambiguas, ¿no lo cree? Todavía mejor si el pensamiento se afirma luego por una belleza irrecusable, inmediatamente sentida y al mismo tiempo, confirmada por siglos de admiración. Es aquí que cualquier pensamiento se prepara, no solamente de política y de moral, sino también de física”.

 

VARIACIÓN

 “Tienes que pensar en el papel que desempeñan en nuestras vidas imágenes en forma de pintura (a diferencia de los bocetos de trabajo). Y aquí no existe uniformidad en lo absoluto.

Comparar con esto: a veces colgamos proverbios en la pared. Pero no teoremas de mecánica. (Nuestra relación con estas dos cosas.)”

— Wittgenstein, «Philosophy of Psychology – A Fragment» XI, § 195, Philosophische Untersuchungen/Philosophical Investigations (edición de P. M. S. Hacker y Joachim Schulte)

 

La lucha de Wittgenstein contra la uniformidad de los papeles desempeñados por las imágenes es un bello ejemplo para la diferencia entre lenguas perfectas e imperfectas. A pesar que aquí los Marinetti o los Álvaro de Campos pudiesen replicar con su preferencia por teoremas o automóviles, ruedas y engranajes, en detrimento de estatuas de Venus o cosas del mismo género, i.e., para ellos cualquier cosa se podría colgar de una pared. Y entonces Wittgenstein tendría que ir a predicar a otra ciudad. Por extraño que parezca, sin embargo, tal reacción no daña la argumentación wittgensteiniana (resumida como: “tienes que pensar” y “comparar con”, ad se ipso o para otro cualquiera). Primero: si hay una forma de vida en que se acostumbra colgar teoremas de mecánica en la pared, Wittgenstein nunca la encontró (y nosotros tampoco). Segundo: si hubiese esa forma de vida, Wittgenstein no estaba en situación de comprenderla (y nosotros tampoco). Aquella preferencia escandalosa es histórica, y desempeñó un papel de aval de algunas otras formas de uniformidad, cosa que Wittgenstein, a propósito, no podría comprender (él mismo confiesa su incapacidad en relación al arte que le era contemporáneo). Y no se volvió a repetir. Nosotros podemos escuchar la argumentación tanto de Wittgenstein como tener preferencia por la de Marinetti o la de Álvaro de Campos. Pero el mundo en que vivimos es aquel en que se puede seguir sin más la argumentación de Wittgenstein, es el de las lenguas imperfectas, aquellas donde se inventan y sorprenden dichos y proverbios, poemas y manifiestos. Los teoremas de mecánica o los automóviles, las ruedas y engranajes, pertenecen a las lenguas perfectas, aquellas que lidian con cosas y no con palabras, también no olvidando la reserva manifestada, esto es, los antepasados aparecen donde menos se espera. Nota bene: nada impide que se cuelgue en la pared la Ode Triunfal o el Manifesto Futurista.

 

FINAL

El poema sumerio: … las manos de la chica, / el cabello de la delgada chica –del que habla Herberto Helder en dos poemas de La muerte sin maestro– es una especie de polvo que exhala vida.

 

Maria Filomena Molder (Lisboa, 1950). Ensayista y académica. Profesora en la Universidad Nueva de Lisboa donde enseña filosofía y estética. Ha publicado más de quince libros sobre pensamiento literario, semiótica y la poesía como forma de conocimiento. De esa producción destacan los títulos Dia Alegre, Dia Pensante, Dias Fatais (2017),  O Químico e o Alquimista. Benjamim Leitor de Baudelaire (2011) y Semear na neve: estudos sobre Walter Benjamin (1999)

Carolina San Martín (1989). Burócrata cuyos intereses orbitan en torno a la narrativa, la poesía y el aprendizaje de lenguas extranjeras.


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